David Andreu
Catedrático Univ. Pompeu Fabra
Cuéntanos algo de tu vida…
Si os parece comienzo por la actualidad y sigo hacia atrás. Mi familia (mi mujer Silvia y nuestros hijos Miriam y Dani) es sin duda el principal referente de mi vida actual. En la esfera profesional, me dedico a la investigación en química de proteínas, y a la docencia en química farmacéutica en la Universidad Pompeu Fabra. Me siento afortunado de poder trabajar en lo que me gusta. Antes fui investigador y profesor de la Universidad de Barcelona durante más de 15 años, y antes de eso estuve investigando unos 5 años en la Universidad Rockefeller de Nueva York, tras doctorarme en química en Barcelona.
Me he sentido “científico”, inquieto por conocer el cómo y el por qué de las cosas, desde muy pequeño, y mi vocación se consolidó durante el bachillerato.
Me planteé seriamente la medicina y la biología pero los estudios de esas carreras que ofrecía la universidad de entonces no me atraían suficientemente y acabé decidiéndome por la química.
¿Cómo conociste a Dios?
Crecí como “niño protestante” en la muy montserratina y jesuítica ciudad de Manresa, exponente tan bueno como el que más del nacionalcatolicismo español de los 50-60. Sin ser heroica, la experiencia de pertenecer a una minoría excluida, con la carga de sutil (y no tan sutil) discriminación que ello implicaba, ha marcado (¡y enriquecido!) mi vida en todos los sentidos.
En un entorno familiar como éste, el Señor Jesús era un miembro más de la familia, alguien cercano y cotidiano. La Biblia, sus personajes y su mensaje fueron parte esencial de mi educación. En mis padres tuve un ejemplo excepcional de coherencia y de compromiso que me convencieron de que, aunque minoría excluida, la nuestra era una causa digna y justa. En ese contexto de “inmersión total”, de “ósmosis”, el mensaje del Evangelio fue creciendo y desarrollándose en mí sin excesivas dudas ni sobresaltos.
Al llegar a la universidad, la de finales del franquismo, mis certezas se vieron cuestionadas por un entorno complicado, tremendamente confuso y a la vez sumamente atractivo, pero en todo caso nada favorable a lo espiritual.
Doy gracias a Dios que me permitió coincidir con gente que se encontraba en parecidas condiciones, dispuesta a reflexionar y replantearse la fe desde la base.
En los GBU, grupos de universitarios interesados en el cristianismo bíblico, me encontré con gente que se tomaba a Jesús muy en serio y que me impactó. Con ellos volví a estudiar los evangelios, no desde el ambiente protegido de mi comunidad familiar o eclesial, sino con una perspectiva abierta, dialogante y también crítica con la compleja realidad social de la España de entonces. De ese contacto con otros creyentes mi fe y mi compromiso con la iglesia salieron claramente reforzados.
¿Qué te aporta esta iglesia?
La iglesia es una oportunidad fantástica de compartir todo cuanto acabo de mencionar con personas con vivencias y puntos de vista semejantes o complementarios, no siempre idénticos, aunque unidos en una misma aventura espiritual.
La iglesia es también una oportunidad de servicio, de compartir con otros lo mucho que hemos recibido de Dios. Es desde esta óptica que intento enfocar mi labor musical como organista. La música es una realidad fundamental en mi vida, un entorno y un refugio, un combustible espiritual esencial. No puedo concebir la vida sin música, que es también un ingrediente importante de nuestra vida familiar. Como ya han dicho antes muchos, la música es uno de los mejores regalos de Dios a la humanidad, y quienes tenemos la fortuna de ser a la vez musicales y creyentes tenemos el privilegio, por no decir el deber, de servir a nuestros semejantes mediante la música, ese recurso inigualable para expresar vivencias y sentimientos que no siempre resulta fácil comunicar por otros medios.
¿Qué crees que la iglesia puede aportar a quién esta visitándonos?
En una cultura de imagen como la nuestra, sería ideal que quien nos visita pudiera encontrar un grupo de cristianos verdaderamente espectaculares en su fe, su conducta o su entrega a los demás. Con todo, puede resultar igualmente estimulante encontrar una “comunidad de pecadores”, es decir gente normal y realista, consciente de sus límites y defectos, pero en quienes la experiencia del evangelio ha tenido y tiene consecuencias transformadoras; gente que busca sinceramente conocer, seguir y servir a Jesús sin “efectos especiales”, desde la sencillez y la quietud del compromiso cotidiano.
